Un director general le pregunta a otro cuya inversión en formación de sus empleados le parece excesivamente generosa:

– ¿Qué ocurrirá si formas a todos y se marchan?

-¿Y qué ocurrirá si no les formo y se quedan?

Esta conversación, probablemente apócrifa, enfrenta dos temores muy diferentes. Y dos formas de ver la vida y la empresa.

Para el director general que cree en la generosidad, en invertir en el crecimiento de su equipo, el peor escenario no es el de que alguno de ellos deje la empresa antes de que se “amortice” lo invertido. Sabe que eso será improbable siempre y cuando la empresa prospere y él recompense adecuadamente a su equipo. El peor escenario es verse rodeado de incompetentes.

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